¿Cómo es de grande el universo?
¿Cómo es de grande el universo?
¿Cuál es su dimensión? ¿Qué edad tiene? ¿Se expandirá eternamente?
Los astrónomos todavía no han encontrado respuestas contundentes.
Sacar la partida de nacimiento del cosmos lleva Premio Nobel garantizado.
Tallar el radio del universo es equivalente a obtener su partida de nacimiento.
De acuerdo con las observaciones realizadas, el espacio tendría una edad entre 10.000 y 20.000 millones de años y un diámetro aproximado de 20.000 a 40.000 millones de años luz...
Conseguir determinar de forma más precisa estos impresionantes datos se ha convertido en el mayor problema de la cosmología actual.
Una medición exacta de sus fronteras nos permitiría conocer si el universo se expande eternamente hacia una muerte de equilibrio termodinámico o si desaparecerá en un gran colapso, el Big Crunch.
Si pudiéramos saber cuanto tiempo ha dispuesto la gravedad para juntar la masa dispersa que creó el Big Bang, deduciríamos de una vez por todas cómo se formaron las galaxias.
La naturaleza ha proporcionado a los astrónomos una vara de medir que pueden usar para calcular las distancias cósmicas con gran precisión.
Es la constante de Hubble, propuesta por Edwin Hubble en los años 20 al descubrir que el universo en su conjunto se expande de manera uniforme.
La velocidad de expansión y separación de las galaxias es proporcional -según los dictámenes de esta teoría- a la distancia entre ellas.
Una constante de Hubble grande da lugar a un universo joven.
Si el cosmos se dilata muy deprisa, es que ha llegado rápidamente a su tamaño actual y el Bing Bang sería muy reciente.
Por su parte, una constante de Hubble pequeña da lugar a un universo viejo.
El problema que se deriva del uso de esta varita mágica es que nadie sabe con certeza su longitud exacta.
Para obtener un valor firme de la constante de Hubble y, por tanto, la llave a todas las medidas cósmicas, uno no tiene más que calibrar la distancia a un objeto lejano y luego determinar con qué velocidad se aleja del punto de referencia.
Pero, por desgracia, el asunto no es tan fácil.
De hecho, decenas de astrónomos lo están intentando desde 1920 y todavía no han sido capaces de ponerse de acuerdo.
La operación requiere la existencia de objetos en el cosmos que posean una luminosidad idéntica entre sí y sean lo suficientemente brillantes como para ser vistos a mitad del camino entre la Tierra y el final del universo.
La luz recibida de tales objetos sería una medida de su distancia.
Mientras más apagados pareciesen, más lejanos estarían.
Sin embargo, estos objetos no existen.
Así que los astrónomos tienen que utilizar diferentes antorchas de señalización espacial, es decir, estrellas, nebulosas, galaxias o cuásares que tienden una escalera de una a otra.
Cada antorcha sirve para calcular una parte del radio del universo.
Pero todas ellas vistas a la vez desvirtúan la medida final.
El sistema habitual es usar un paralaje trigonométrico.
Una estrella cercana cambia de posición en relación al fondo de estrellas lejanas fijas según se mueve la Tierra.
Comparando las dos situaciones más separadas de la estrella se consigue saber con gran exactitud la distancia a la que se encuentra.
Al hacer este método extensible a las estrellas variables Cefeidas, podemos calcular la distancia hasta Andrómeda, galaxia situada a 2 millones de años luz.
Como Andrómeda es una galaxia espiral típica y sabemos exactamente su distancia y cómo debe brillar, podemos medir la separación de galaxias espirales más lejanas comparando su luminiscencia aparente con la real.
Por último, gracias a la técnica de mediciones de desvío al rojo en el espectro de las galaxias, determinaremos su velocidad de alejamiento o recesión.
Pero hay otros sistemas de medición.
George Jacoby, del observatorio nacional de Kittpeak, y Robin Ciardullo, de Peann State (EEUU), se valen de unas antorchas de señalización distintas.
Han deducido las distancias a nebulosas planetarias que también se detectan en galaxias lejanas.
La constante de Hubble resultante es de 80, y la edad del universo de 12.000 millones de años.
John Tonry, por su parte, prefiere tomar como referencia conjuntos de estrellas de galaxias lejanas.
Para medir sus distancias se basa en cálculos delirantemente precisos de la luminosidad de áreas enteras de galaxia.
La constante Hubble de Tonry es también de 80.
Tres técnicas diferentes, Cefeidas, nebulosas planetarias y pedazos de galaxia, arrojan un resultado similar: el universo es joven.
Otros investigadores opinan todo lo contrario.
Es el caso de Robert Kirshner, experto en supernovas, que estudia estas estrellas en explosión.
Su innovación consiste en medir el tamaño aparente y el tamaño real de la corona de despojos que se expande por el espacio impulsada por el estallido de un astro.
Propone una constante de Hubble de 65, lo que supone que nuestro universo debe tener 15.000 millones de años de edad, aproximadamente.
Mediante un sistema de muy largo alcance -que requiere la existencia de cuásares de doble imagen- Jacqueline Hewitt y Ed Turner, de Princeton, han derivado una constante de 40 y, por lo tanto, una edad de 24.000 millones de años.
Alan Sandage, de laboratorios Carmnegie, usó el telescopio espacial Hubble para analizar las supernovas tipo IA y determinar una constante de 45.
En fin, que no se ponen de acuerdo.
En cualquier caso, la mayoría de los astrónomos confía en que este galimatías de edades y tamaños se termine resolviendo a favor de las mediciones de Sandage y Hewitt, y que éstas sean las más acertadas.
De no ser así, se vendrían abajo las teorías aceptadas de la evolución estelar, según las cuales hay estrellas en la Vía Láctea que tienen por lo menos 15.000 millones de años.
Pero lo cierto es que hasta que H ewitt, o algún otro observador, no convenza a toda la comunidad científica, seguiremos mirando al cielo estrellado sin saber todavía cómo es de grande el universo y cuán viejo es el inescrutable cosmos.
