Liliputienses del Tiempo: JAkov Perelman
Liliputienses del Tiempo: JAkov Perelman
El segundo, conforme a la creencia general, es un intervalo de tiempo tan breve, que sus fracciones demasiado pequeñas no son utilizables bajo ninguna circunstancia. Es fácil escribir 1/1000 de segundo, pero ésta es una magnitud puramente de papel, porque no hay nada que pueda ocurrir en tan insignificante intervalo de tiempo.
Así piensan algunos, pero se equivocan, porque en una milésima parte de un segundo hay tiempo para que se realicen numerosos fenómenos.
Un tren que atraviesa 36 km en una hora, recorre 10 m. en un segundo y, por lo tanto, en el transcurso de una milésima parte del segundo avanza un centímetro. El sonido en el aire se traslada 33 cm en el curso de un milésimo de segundo; en el mismo lapso se traslada 70 cm una bala que dispara un cañón de fusil con una velocidad de 700 a 800 m por segundo. La esfera terrestre, en su rotación alrededor del Sol, se desplaza 30 m cada milésimo de segundo. Una cuerda que emite un tono alto completa en un milésimo de segundo, 2 a 9 y más oscilaciones; inclusive un mosquito avanza en este tiempo, al batir hacia arriba o hacia abajo sus alitas. Un relámpago dura mucho menos que un milésimo de segundo; en el curso de este intervalo surge y se convierte en un importante fenómeno de la naturaleza (el relámpago se extiende, en longitud, por kilómetros enteros).
Pero, pueden objetar, a una milésima parte de un segundo aún no es posible reconocerle como un liliputiense, puesto que nadie llama gigante numérico al millar. Si se toma una millonésima parte de un segundo, entonces ya no es posible afirmar con seguridad, que ésta sea una magnitud real, un intervalo de tiempo en el curso del cual pueda ocurrir algo. ¡Se equivocan! Aún un millonésimo de segundo, para la física contemporánea, por ejemplo, no es un intervalo excesivamente pequeño.
En el dominio de los fenómenos luminosos (y eléctricos), el científico tiene que vérselas con partes mucho más pequeñas del segundo. Recordemos ante todo, que los rayos luminosos recorren (en el vacío) 300 000 km por segundo; por consiguiente, en un millonésimo de segundo la luz se desplaza en una distancia de 300 m; aproximadamente tanto como lo que se desplaza el sonido en el aire, en el transcurso de un segundo completo.
Además, la luz es un fenómeno ondulatorio, y el número de ondas luminosas que pasan por cada punto del espacio, en un segundo, se calculan por cientos de trillones. Las ondas luminosas que al actuar sobre nuestro ojo provocan la sensación de la luz roja, tienen una frecuencia de 400 trillones de oscilaciones por segundo; esto quiere decir que en el transcurso de un millonésimo de segundo entran en nuestro ojo 400 000 000 de ondas, y una onda entra en el ojo en el transcurso de una 400 000 000 000 000 parte (1/400 000 000 000 000) de segundo. ¡Este es un auténtico liliputiense numérico!
Sin embargo, este liliputiense resulta un verdadero gigante en comparación con aún más pequeñas partes del segundo, con las cuales el físico se encuentra en la investigación de los rayos Röntgen. Estos extraordinarios rayos. que poseen la propiedad de pasar a través de algunos cuerpos opacos, representan en sí, como los rayos visibles, un fenómeno ondulatorio, pero su frecuencia oscilatoria es significativamente mayor que en los visibles: alcanza 2500 trillones en un segundo. Las ondas se siguen una después de otra, más frecuentemente que en los rayos de la luz roja visible; y como si esto fuera poco, los rayos "gamma" poseen una frecuencia todavía mayor que los rayos de Röntgen.
Así que también en el mundo de los liliputiense existen sus propios gigantes y enanos. Gulliver era doce veces más alto que los liliputienses, y ya les parecía un gigante. Aquí existe un liliputiense mayor que otro, en cinco docenas de veces y, por consiguiente, tiene todo el derecho a nombrarse gigante con relación a él.
