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9 Septiembre 2006

¿Congelaría Usted a su Hija para Resucitarla?

¿Congelaría Usted a su Hija para Resucitarla?

Eulalia es la primera española que ha criogenizado a dos familiares, a Cristina y a su suegra, hasta que la ciencia pueda devolverles la vida. Están depositadas en EEUU. Hay otros veinte compatriotas dispuestos a pagar 120.000 euros

Notí­cia extraí­da de www.el-mundo.es

«El aeropuerto estaba a oscuras, lleno de gente que se moví­a como sombras. Yo miraba sin ver y escuchaba sin oí­r. ¡Y a mí­ qué me importaba! Yo sólo deseaba que aquel avión llegara cuanto antes a Los Angles. Alguien que iba sentado a mi lado, quizás mi marido, me dijo: 'No te preocupes, la niña ya está dentro'.Cuántas veces, Dios mí­o, habí­amos volado juntas camino de Australia, ella dormida durante horas sobre mi hombro... Y yo pensaba, como un loco soñador de quimeras, que aquel viaje serí­a igual. Que volaba con ella acurrucada a mi lado».

A Eulalia Castillejo, madre, técnica sanitaria y directora de una cadena de hoteles, se le rompe la voz. Aún tiene fresco aquel 19 de agosto de hace ocho años en que salió del aeropuerto de Palma de Mallorca con su hija muerta en la bodega del avión.Cristina, su «niña de las fantasí­as risueñas», acababa de cumplir 21 años. Horas antes, una dolencia cardí­aca, mal diagnosticada en la infancia, según la madre, habí­a truncado su vida en la recepción del hotel en el que trabajaba, propiedad de la familia, la misma que acababa de decidir que no habrí­a sepultura para Cristina, ni horno crematorio. «En mi noche de difuntos aún no doblan las campanas», pensaba Eulalia.

Decidida a salvarla de la misma muerte, su madre le eligió un destino de casi ciencia ficción: la criogenización. «Señor, dame el camino que me has prometido, sabes muy bien que no puedo meterla en una tumba», recuerda Eulalia que se decí­a en voz baja. El cuerpo de la joven, desde entonces, espera el milagro de la resurrección por la ciencia venidera en un depósito de acero inoxidable enfriado con nitrógeno en uno de los dos grandes cementerios helados que vienen funcionando en Estados Unidos. Cristina Comos Castillejo fue la primera española criogenizada. Después, hace año y medio, su abuela, de 98 años al morir, siguió el mismo camino hasta el laboratorio de Scottsdale, en Arizona.

Joven y anciana estaban haciendo historia. De la leyenda del hibernado Walt Disney a la realidad de dos cuerpos españoles inyectados con anticongelantes (protectores de las células) que, suspendidos boca abajo en una nube de nitrógeno, esperan el momento en que los avances médicos puedan curar los males que les mataron y que con sus historias se escriba un nuevo capí­tulo de Lázaro en la biblia más futurista de la ciencia.

El de la pionera Lali con su hija recién muerta fue una travesí­a del luto a la esperanza. El viaje iniciático de los seguidores en España de las teorí­as del fí­sico estadounidense Robert C.W. Ettinger (ya en 1964 publicó el libro Perspectivas de Inmortalidad, prólogo del nacimiento un año después de la primera empresa mundial dedicada a la congelación de cuerpos humanos, hoy Cryonics).

«Tener criogenizada a mi hija me ha devuelto la vida», confiesa a CRONICA la primera española que decidió apostar con los suyos por la hipotermia profunda y su promesa de eternidad. Ella y su marido, Ramón, dieron el paso que un centenar de españoles tienen ya en mente. Son cuentas de la Sociedad Española de Criogenización, fundada en marzo de 1998 (casi tres después del viaje de Lali con su hija a EEUU) por el doctor Luis Mingorance y ahora presidida por el empresario madrileño Andrés Albarrán. Lali y Ramón son dos de los 20 socios. Y mucho más: el referente inexcusable para todo aquel que quiera conocer lo que es la criogenización como consuelo y esperanza futura ante la muerte de un ser querido.

O de la propia. Ellos mismos, que se han construido un chalé a tres kilómetros del cementerio helado de Alcor en el desierto de Arizona donde descansan hija y abuela, ya tienen decidido que llegado el momento de su muerte terminarán también en una cápsula de acero de dos metros de diámetro por dos de alto enfriada a 196 grados bajo cero.

Bajar la temperatura del cuerpo hasta ese cero absoluto que marca la hipotermia profunda es, a juicio de los cientí­ficos, el principio para lograr algún dí­a el ansiado sueño de una vida sin muerte.Las células del cuerpo entran en una especie de letargo, su metabolismo se paraliza totalmente y el proceso de descomposición, irreversible y acelerado, se desactiva automáticamente. Cinco minutos, no más, es el tiempo de que se dispone, explica el doctor Mingorance, para preparar al finado con vista a su futura reanimación.

ANTICONGELANTE EN VENA

«Lo primero que se hace», resume el experto, «es inyectar en la sangre del fallecido un compuesto que llamamos crioprotector, un anticongelante para que las células y los lí­quidos corporales no cristalicen y se destruyan. Luego un respirador y un corazón artificial, de manera que el organismo, aunque esté clí­nicamente muerto, siga recibiendo oxí­geno. A continuación, se le va bajando la temperatura mediante una unidad de frí­o hasta alcanzar, en un primer momento, los 30 grados bajo cero. Hecho esto, se viste el cuerpo con una bolsa de plástico especial, para evitar que la piel no se queme por el frí­o, y se introduce en una cápsula de acero, parecida a un gigantesco termo, llena de nitrógeno lí­quido. En ese ambiente la persona puede permanecer sin alteración alguna durante miles de años».

A Cristina no le dieron esos cinco minutos de gracia que dividen la frontera entre la muerte eterna y la resurrección fí­sica que auguran los criogenistas. Nada más fallecer, y pese a las influencias de la familia, que intentó trasladarla a casa desde el hotel donde trabajaba y le sorprendió la muerte, no hubo forma humana que cambiara el destino. Siguiendo a rajatabla la ley española, la joven fue llevada directamente al tanatorio mallorquí­n y, tras la autopsia, metida en una cámara frigorí­fica. Dentro de lo malo, pensó Eulalia, estar en un lugar frí­o era de momento imprescindible para la posterior criogenización de su hija.

La conmovedora historia de amor materno ya tiene forma de libro.Lo ha escrito la propia Eulalia y ahora está a la espera de encontrar un editor osado que se lo lleve a la imprenta.

«Aquel dí­a, en mi casa, la gente iba y venia como en una boda.Hubo incluso quien me ofreció una tumba para Cristina. No recuerdo quién era. Sólo sé que estaba llena de rabia y que aquella oferta, que tanto daño me causó, me hizo reaccionar. Me dije a mí­ misma: yo encontraré un lugar para ti que no sea la tierra», habla Eulalia.En La decisión irrevocable, uno de los capí­tulos de La ciencia dice no a la muerte, la directora general de Hoteles Freixenet lo cuenta de otra manera. «En medio de aquella tragedia, en medio aquella locura incontrolable, se encendió una luz de esperanza que iluminó nuestros malheridos corazones. ¡La podrí­amos criogenizar!...Sí­, la criogenizaremos (...) Eulalia recordaba haber leí­do alguna vez que se congelaba a las personas muertas para luego reanimarlas.«Desde ese momento hasta que encontramos la Fundación Criogénica Alcor pasaron muchas horas al lado del teléfono en las que se nos olvidó por completo comer o dormir... Al primer sitio que llamamos fue a Aquisgran en Alemania, nos habí­an dicho que era el hospital más grande y moderno del mundo, la meca de la medicina...».

El camino fue largo, de horas interminables contra el crono de la muerte. Finalmente, un amigo en la clí­nica Mayo de Minesota (EEUU), el doctor Fisher, patólogo, les conducirí­a hasta las puertas de Alcor. Y hasta allí­, superadas en España las trabas burocráticas y en suelo americano el handicap de que ellos no eran entonces socios de la empresa de criogenización, llevaron en ataúd a su hija.

El dolor y las incertidumbres fueron también sus compañeros de viaje. «Todas las personas llevaban batas blancas y gorros como los cirujanos, en sus caras habí­a una sonrisa que querí­a ser amable. Salvo el director [Carlos Mondragón, estadounidense de origen hispano] nadie hablaba español. Yo todo lo seguí­a viendo negro, qué triste me pareció Alcor. Olí­a a cloroformo (...) Hasta una criogenista ahora amiga, Brenda Peters, joven y hermosa, aquel dí­a me pareció una bruja escapada de algún aquelarre. Tal era mi estado de ánimo que volví­ a desear volar y poner a Cristina sobre mis alas (...) Soñé que tení­a que volar con ella a algún sitio que no fuera la tumba y el sueño fue cumplido. Habí­a llegado el final del trayecto, allí­ estaba su destino y el mí­o, la esperanza en Dios y en los hombres. Y ese dí­a mi alma quiso dejar de ser rebelde».

Un coche Cadillac y una ambulancia equipada con un sistema para producir frí­o esperaban a la familia Castillejo a pie de avión en el aeropuerto de Los Angeles. «Antes de congelarla, nos dijo el director de Alcor, se escaneará el cuerpo de Cristina para saber si merece o no la pena criogenizarla», cuenta Eulalia dejando escapar un suspiro de alivio. El chequeo, según le contaron, fue satisfactorio. Ningún órgano vital para el futuro estaba dañado irreversiblemente, y eso que en Palma le habí­an practicado una autopsia.

Desde que la joven Cristina fue congelada en Alcor, los Castillejo viven a caballo entre España y América. Y no sólo por los negocios de hosterí­a que han emprendido por aquellas tierras. Lo que de verdad les une al paí­s es el poder estar lo más cerca posible de su hija y de la abuela. Y con ese propósito se construyeron una mansión muy cerca del lugar donde ya tienen decidido que morará en espera de la resurrección toda la familia (incluida la propia Eulalia, su marido, Ramón, y el hijo de ambos, David).

MUDANZA A ALCOR

La idea es estar a las puertas de Alcor cuando les llegue la hora de la verdad y que no se repita la embarazosa situación que vivieron con el traslado de Cristina desde España, paí­s que no tiene permitida la criogenización (sólo se autoriza el enterramiento o la incineración), hasta el desierto de EEUU. En realidad, ellos han abierto toda una corriente migratoria.

El propio presidente de la Asociación Española de Criogenización (SEC), Andrés Albarrán, ya planea, a sus 70 años, mudarse a un apartamento en los aledaños del cementerio helado. «Soy católico pero hay algo que me hace desconfiar de la religión cuando dice que vamos a resucitar. Han pasado miles y miles de años y aquí­ nadie ha vuelto para contarlo ni ha visto a Dios. Yo, con sólo saber que existe una posibilidad, aunque sea remota, de que un dí­a la ciencia pueda descongelar mi cuerpo y volverme a la vida, ya me conformo. Y eso es más seguro que si te entierran y te pudres», se justifica Albarrán.

Otros asociados están pendientes de una urbanización que proyecta Alcor para sus socios a poca distancia del particular recinto, creado en 1972 por los fundadores, el matrimonio Fred y Linda Chamberlain. Y aún hay más: desde la SEC se está negociando ya con compañí­as de vuelos privados, como Gestair, para que en algunos de sus aviones puedan ir conectados los aparatos médicos necesarios que garanticen el traslado de personas en estado terminal, y quieran ser criogenizadas fuera de España. También se está hablando con aseguradoras españolas para la formalización de pólizas que incluyan los cuantiosos gastos de la criogenización. Los precios oscilan entre 100.000 y 120.000 euros que cobra Alcor, y los alrededor de 30.000 de Cryonics.

Ni el dinero ni el Dios cristiano en el que tanto cree Eulalia fueron obstáculos, a la muerte de su hija, para improvisar entonces sus propósitos de eternidad. «Luchar por la vida», tiene también escrito en su voluminoso libro-diario, «creo que es el número uno de las dignidades. Morir es lo más estúpido que tiene la humanidad, hasta Jesús la rechazó resucitando [él mismo y antes lo hizo con Lázaro], ése es el ejemplo más grandioso que él nos pudo dar. Porque él no ideó sino una vida de mensaje: aprended lo que os he enseñado».

DÉCADAS DE HIBERNACION

Según se fue informando poco a poco Eulalia, la criogenización tiene seguidores en todo el mundo y desde hace décadas. Hasta el mismí­simo Isaac Asimov, reputado autor de ciencia-ficción, fue furibundo seguidor, por más que al final de sus dí­as eligiera un entierro como el común de los mortales. Hoy, 150 personas de distintas nacionalidades (100 en Alcor, y 50 en Cryonics, ambas en EEUU) reposan congeladas en las dos únicas empresas de criogenización que en la actualidad funcionan en Occidente.[Los datos de Rusia no se conocen, aunque ninguno de los cientí­ficos consultados pone en duda la existencia de pacientes, clí­nicamente muertos, hibernados para ser descongelados cuando la biomedicina pueda devolverles la salud].

La fe ciega de Eulalia en la hibernación profunda -«es un deseo firme en mí­ y tengo certeza de que se conseguirá»- va más allá de lo que hasta ahora puede ofrecer la ciencia. Hace ya tiempo que se congelan espermatozoides, óvulos, piel y otros tejidos para su uso, pasados los años. Incluso se enfrí­a durante la operación a los pacientes que van a ser trasplantados. Sin embargo, ni los investigadores más optimistas, como el doctor Luis Mingorance, que lleva más de 30 años estudiando la criogenización y hasta ensayándola con ranas, se atreven a pronosticar un desenlace feliz. Al menos a medio plazo. Se basa en que los crioprotectores todaví­a están en desarrollo, lo que a su juicio «no garantiza, de momento, la resucitación de la persona a temperaturas inferiores a -50 grados».

¿Vale la pena preservar los cuerpos si van a llegar en malas condiciones? ¿Contaremos algún dí­a con la tecnologí­a necesaria para devolverles la vida?

A fecha de hoy, la esperanza sigue estando en lo que ofreció Eric Drexler, el patriarca de la nanotecnologí­a, en su libro Máquinas de creación (1987). Propone el uso de robots del tamaño de una molécula. En lugar de descongelar el cuerpo, se inyectarán reducidos ejércitos de máquinas diminutas que restaurarán una a una las células dañadas y que actualmente no podemos curar.Después sobrevendrí­a el milagro.

«SOLO DESEO MATAR A LA MUERTE»

El libro-testimonio en el que Eulalia explica cómo decidió luchar contra la muerte de su hija

Era agosto, y las cinco de la tarde. El teléfono sonó con insistencia.Y una voz angustiada y entrecortada salí­a de él: «Vengan, vengan, corran, Cristina no respira».

En aquel mismo momento se paró mi corazón de madre amantí­sima ¡No! No es justo, ella acababa de cumplir veintiún años. Subí­a yo las escaleras del hotel como una loca a la que se le paró de golpe la cordura. «¡Señora!», me gritó un hombre, «¿es usted la madre de la joven?». «Sí­», dije yo, no sé por qué. «Lo siento», dijo él, «ya no se puede hacer nada».

¡Veintiún años! henchida de deseos sin lí­mites, de pensamientos puros, de fantasí­as risueñas, de juventud, de belleza sin nombre, de esperanza, de amor y vida eterna.

Empujé la puerta, y aún no sé qué pasó por mí­. La gente iba y vení­a como en una boda. ¡Dios mí­o, Dios mí­o, pobrecita! ¡Hipócritas!

Yo encontraré un camino para ti, querida mí­a, que no sea el de la tumba.

Yo tengo ahora un deseo irrevocable, matar a la muerte. Una idea que aguijonea mi imaginación y emponzoña mis sentimientos de bondad. Cómo me gustarí­a gritarle, «¡Eh! cuidado, aborto del infierno, vamos a soltar los perros, las trompetas están reuniendo a los cazadores, y manadas de lobos afilan sus dientes contra ti, maldita asquerosa».

Estábamos deshechos y furiosos, pero con un rayo de poder en nuestro ser que nos empujó y nos empujó obligándonos a una huida hacia adelante, hacia algo más que una tumba, hacia la liberación...

El aeropuerto estaba a oscuras, y la gente se moví­a como sombras, yo miraba sin ver y escuchaba sin oí­r. Sólo deseaba que el avión llegara a Los Angeles.

«No te preocupes», dijo alguien a mi lado, «ella ya está dentro del avión».

Cuántas veces hemos viajado juntas, querida mí­a, y recordaba nuestros viajes a Australia tan cercanos, dormida horas y horas sobre mi hombro, y pensaba yo como un loco soñador de quimeras, este viaje será igual, tú dormirás todo el trayecto sobre mi hombro niña adorada.

Estoy cierta que los cuatro caminábamos hacia el avión como zombis, cada uno sumido en la medida de su dolor.

Querí­amos en el último momento pensar en lo que debí­a estar correcto el dí­a anterior.

Todo me parecí­a diferente, hasta me pareció que era la primera vez que poní­a el pie en un avión.

Recliné mi cabeza dolida en el respaldo de mi asiento y pronto mis hinchados ojos me exigieron dormir, de verdad que estaba exhausta, así­ que bebí­ mi dolor y fingí­ otras realidades.

Cuando desperté siguieron pasando escenas en mi mente que yo no podí­a detener. Ahora veí­a cómo mi familia luchaba con la burocracia para arreglar todo lo necesario y transportarla a California.Cómo hablamos una, y otra, y otra vez con la Fundación Americana Alcor. Cómo nos ayudaron a prepararla en un transporte especial y condiciones especiales bajo la dirección de Alcor, la fundación criogénica.

El avión seguí­a su camino y yo habí­a perdido completamente la noción de las horas. Todos tení­amos los ojos cerrados y la cabeza reclinada en el asiento, miré un instante sus caras pálidas y ojerosas, me dieron pena y me di pena, ¡qué deshechos estábamos!

Enseguida volví­ al lado de Cristina, yo le acariciaba sus cabellos de oro para que no sintiera miedo. Querida estoy aquí­ a tu lado, no pases ningún temor. Él está con nosotros, tienes que cumplir un destino y has de ser valiente. Acuérdate cuando yo te hablaba de Jesús. Él también tuvo miedo en la cruz, su parte humana tuvo miedo, por eso pidió a su Padre: «Padre mí­o, si he de beber este cáliz que no se haga mi voluntad sino la tuya». Él fue valiente y aceptó su destino, yo sé lo valiente que tú eres, pero no olvides el mensaje que dejó a la humanidad, aprended a resucitar si tenéis que morir, nos dijo con ese gesto de amor, y así­ él resucitó como ejemplo a la humanidad. Así­ no olvides nunca cariño mí­o, que lo maravilloso de dormir es despertar.

Qué feo me pareció el aeropuerto de Los Angeles. Hicimos cola para una cosa u otra. ¡Qué pesado era todo!

«¿Por dónde saldrá Cristina?», pregunté con un hilo de voz.

«No sé, no sé», contestó alguien.

Yo seguí­ preguntando sin hacer caso a la respuesta: «La estarán esperando, ¿verdad?».

«Segurí­simo que sí­».

Habí­a una rampa que subir a la salida, y gente apoyada en una baranda al otro lado que miraba fijamente a los pasajeros esperando encontrar al suyo.

«¡Mira!», dijo alguien de mi familia, ahí­ está, Alcor, yo alcé mis ojos al punto señalado y vi una pancarta que decí­a Alcor, y detrás de ella un rostro delgado de un tipo alto y serio.

Un coche nos estaba esperando. El tipo delgado dijo: «Vendrán conmigo». «Y Cristina», dije yo, «¿con quién va?».

«Ella va en una ambulancia especial equipada con todos los elementos frí­os que ella necesita», contestó. Y siguió hablando ininterrumpidamente, «Soy Carlos Mondragón, director de Alcor, vamos a recorrer unos 65 km. Hasta Riverside, que es donde está la Fundación».

Me pareció que el coche se paró en seco. Alguien dijo: «Hemos llegado».

Habí­a anochecido, y alguien nos invitaba a entrar. Nos encontrábamos en una recepción cuadrada y pequeña.

Todas las personas llevaban batas blancas y gorros como los cirujanos, en sus caras habí­a una sonrisa que querí­a ser amable. Salvo el director nadie hablaba español, así­ que sus sonrisas fueron sus mejores palabras y sus apretones de manos su mayor calor afectivo.Yo todo lo seguí­a viendo negro, no comprendo ahora cómo se pueden distorsionar tanto las cosas según tu estado aní­mico, qué triste me pareció Alcor. Olí­a a cloroformo.

Qué rara me pareció toda la gente y qué extraño era todo, hasta una criogenista ahora amiga, Brenda Peters, joven y hermosa, aquel dí­a me pareció una bruja escapada de algún aquelarre.

Carlos Mondragón nos explicaba que muy temprano por la mañana llegarí­a un escáner de San Francisco que escanearí­a todo el cuerpo de Cristina.

«Lo principal», decí­a él, «es que parte de sus células estén vivas, y no se preocupen de la autopsia que le hicieron, es posible que esto le haya hecho mucho daño, pero la ingenierí­a molecular, la nanotecnologí­a del futuro podrá repararlo»...

Nuestra vida ha cambiado en todo o casi todo, nuestro modo de vivir es diferente.

Ahora compartimos nuestro tiempo entre España y América. En España no podemos dejar de estar porque tenemos los negocios y a América no podemos dejar de ir porque nos sentimos reconfortados con su proximidad.

servido por Ciudadanodelmundo 2 comentarios compártelo

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Elsa

Elsa dijo

He leído que hay importantes avances en este tema. De hecho hace menos de un años que se publicó la justificación científica. Información en español en:

http://www.crionica.org

28 Marzo 2009 | 08:08 PM

jaime rossello llabres

jaime rossello llabres dijo

Tal es mi admiracion personal a esta familia que volveria a sacrificar lo que fuera necesario para acercarme a la Sr Dñ Eulalia y absorver de ella toda la sabiduria derrochada en la practica de la crionizacion de hecho tras algunas conversaciones mantenidas con ella mi ( obsesion) es la lucha por legalizar la crionica en ESPAÑA que aprovecharia para comentar que tras años de lucha en solitario el proximo mes de enero del 2011 cosegui ir con algunas relevantes personalidades de la politica española y altos inversores para intentar consolidar relaciones.
Asi pues ETERNAMENTE agradecido por sus maravillosos consejos reciba una vez mas mis maximas felicitaciones por su labor extensivas a los suyos y que Dios le bendiga Sr Eulalia ATENTAMENTE Jaime Rossello Labres

16 Diciembre 2010 | 02:38 PM

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En todo el mundo no hay nadie como yo. Soy dueño de mi cuerpo, mis pensamientos, mis ideas; me pertenecen las imágenes que ven mis ojos y tengo que saber escogerlas. Poseo mis propias fantasías, mis sueños, esperanzas y miedos. Dado que soy dueño de mí mismo, tengo que conocerme íntimamente.Hay aspectos de mí que me confunden, otros que desconozco. Sin embargo. esté o no de acuerdo con todo lo que soy, esto es auténtico y representa el momento en el que vivo. Me amo, me cultivo, me consiento y me felicito,para amarme, tengo que ser yo mismo, amarme con mis virtudes y mis defectos, mi pasado, mis éxitos y mis fracasos. Descubro mis capacidades, mis valores, transformo mis defectos en cualídades, lucho por mejorar. Para cultivarme, me señalo un plan de estudios, de lectura, de conocimientos que me ayuden a superar, de amigos que sean impulso y soporte de mi superación. Me alejo de todo ser, hecho, o acto que pueda lesionarme. Para consentirme me premio de pensamiento y obra porque estoy en el camino de la superación. Me hago un regalo.Me miro al espejo y le hablo a ese amigo maravilloso y perfecto que siempre confía en mí. Y me felicito porque, Bueno soy estupendo! Me amo!

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