El Mito del Amor (Carlo Frabetti)
La explotación de la mujer por el hombre no solo es la
primera de las explotaciones y el origen de todas las demás, como señaló
Engels, sino que es el fundamento mismo de nuestra cultura (y de casi todas las
culturas que ha habido a lo largo de la historia).
Algunos sociólogos neoliberales, como Steven Goldberg,
hablan de la “inevitabilidad del patriarcado”: dado que los hombres son más
fuertes y más agresivos que las mujeres, y por tanto más competitivos, siempre
han ocupado y siempre ocuparán los puestos sociales de mayor prestigio y poder.
Seguramente, en el marco de una sociedad basada en la explotación y la
competencia no puede ser de otra manera; y, de hecho, hasta ahora nunca (o casi
nunca) ha sido de otra manera. Lo que Goldberg y sus seguidores no tienen en
cuenta es que, como seres racionales que somos, podemos y debemos aspirar a una
sociedad basada en la colaboración, y en una sociedad colaborativa la fuerza
bruta y las hormonas ya no serán determinantes (en el sentido determinista,
valga la redundancia). Que los hombres tiendan a la agresividad y a la
competencia no significa que siempre tengan que comportarse de una forma
brutalmente agresiva y competitiva, ni que la fuerza tenga que prevalecer
necesariamente sobre la razón.
Nuestra conducta, como la de todos los animales, obedece a
tres pulsiones básicas: el hambre, la libido y el miedo. Y, como todos los
animales gregarios, nos agrupamos para aumentar nuestras probabilidades de
conseguir comida, sexo y protección. Por eso nos debatimos entre dos tendencias
antagónicas: la colaboración y la competencia; como vivimos en el “reino de la
necesidad” y algunos bienes son escasos, colaboramos para obtenerlos y
competimos al repartirlos. El binomio colaboración/competencia se manifiesta a
todos los niveles, desde el más restringido núcleo familiar hasta las más
amplias organizaciones sociales, y hasta ahora, en general, ha prevalecido la
competencia sobre la colaboración (en este sentido, es muy significativo que
para
la historia de la humanidad comience con un fratricidio, y que el mito
fundacional de Roma gire alrededor de otro). Pero siempre ha habido (al menos
desde que en el siglo VI a. C. Buda propugnara el desapego y el “amor
compasivo”) una corriente de pensamiento y de acción tendente a dar prioridad a
la colaboración sobre la competencia.
se inauguró precisamente con un hito fundamental de esta corriente: una
revolución cuya consigna era “libertad, igualdad, fraternidad”, y cuyo legado
culminaría en el socialismo científico de Marx y Engels.
La sexualidad nos impone formas de colaboración y de
competencia especialmente intensas. En el terreno sexual, los bienes apetecidos
son, normalmente, otros individuos de la misma especie: el apetito, a nivel
específico, se vuelve autorreferente, con todas las complejidades (bien
conocidas por los lógicos y los matemáticos) que ello implica.
La relación sexual es, al menos físicamente, la más íntima
de las relaciones y, gracias al regalo evolutivo del orgasmo, la fuente del
placer más intenso. No es extraño, por tanto, que este tipo de relación (o la
expectativa de mantenerla) refuerce poderosamente el sentimiento de solidaridad
intraespecífica y cree un vínculo muy estrecho. En nuestra cultura, ese
sentimiento reforzado por la sexualidad suele dar lugar a la formación de
parejas estables que, a su vez, se constituyen en familias nucleares.
Pero cuando la pareja es heretosexual, que es el caso más
frecuente, la más estrecha colaboración intraespecífica coexiste con la
solapada (o abierta) competencia intergenérica, puesto que uno de los miembros
pertenece al género dominante y el otro al género sometido. ¿Cómo se concilia
la relación amorosa con el sometimiento? Nuestra condición de mamíferos
hiperdependientes (al contrario de lo que ocurre en las demás especies, los
cachorros humanos dependen de sus progenitores durante años) nos brinda la
fórmula sin necesidad de salir del propio núcleo familiar: la relación de los
niños con sus padres es a la vez de afecto y de sometimiento, sin que ello
genere, en la mayoría de los casos, conflictos insuperables; por lo tanto,
basta con “filializar” a la mujer, situarla en un plano de dependencia material
y moral con respecto al hombre, para que en una pareja heterosexual puedan
coexistir el afecto y el sometimiento. El problema es que, así como la
dependencia del niño es una realidad impuesta por la naturaleza, la dependencia
de la mujer es una artimaña cultural mediante la que una parte de la humanidad
somete a otra, lo que inevitablemente genera una tensión en muchos aspectos (si
no en todos) equivalente a la lucha de clases. Y para aliviar esta tensión
intergenérica, nuestra cultura ha inventado (o reforzado extraordinariamente)
el mito del amor.
Los cuentos infantiles, los tebeos, las canciones, las
películas, las novelas, la poesía, las crónicas de sociedad, los seriales
radiofónicos y televisivos, la publicidad... Desde la más tierna infancia, la
cultura popular y la cultura de masas en todas sus manifestaciones, así como
una buena parte de la denominada “alta cultura”, nos bombardean sin cesar con
mensajes que exaltan el amor y lo presentan como el bien supremo, la máxima
aspiración de todos los hombres y las mujeres “normales”; nuestra condición de
mamíferos dependientes, gregarios, hipersexuados (somos los únicos animales que
están en celo permanentemente) y orgásmicos hace el resto, por lo que no es
extraño que el amor sea el mito nuclear de nuestra cultura. Un mito alrededor
del cual se articula toda una religión amorosa, cuya principal función es la de
“religar” al hombre y la mujer por encima (o por debajo) de su pertenencia a
clases enfrentadas.
La índole mítica (“religiosa”) del amor es tan fácil de
demostrar como difícil de aceptar; en contra de todas las evidencias, la
mayoría de la gente considera que enamorarse es algo superlativamente personal
y electivo, cuando en realidad el enamoramiento se parece más a un reflejo
condicionado que a una elección propiamente dicha (en este sentido, es muy
significativo que Romeo y Julieta se conozcan y se enamoren en un baile de
máscaras: el máximo sentimiento con el mínimo de información real, puesto que
el enamoramiento es un acto de fe, la irracional creencia de que nuestros
impulsos eróticos, condicionados por la educación y las experiencias
infantiles, responden a algún tipo de inspiración divina o de sabiduría
superior). Por eso la mayoría de los proyectos amorosos fracasan total o
parcialmente (la rutina y la resignación no dejan de ser fracasos), y a menudo
desembocan en la agresividad; por eso el amor está “a un paso del odio”.
Una doble metonimia contribuye a la perpetuación del mito (a
la vez que lo identifica como tal). En primer lugar, tendemos a reducir el
término “amor” a su estricto sentido erótico; solo en algunas expresiones poco
coloquiales y de resonancias evangélicas, como “amor al prójimo” (o en
referencia a objetos no humanos: amor al arte, amor a los animales, etc.), se
utiliza la palabra “amor” en un sentido no sexual; por lo demás, se suele
distinguir de forma muy clara entre el amor y la amistad, e incluso se los
considera mutuamente excluyentes. En segundo lugar, se suele identificar al
objeto del sentimiento amoroso con el sentimiento mismo: la expresión “amor
mío” (mon amour, my love, amore mio, meu amor, meine Liebe...) es probablemente
la más universal de las metonimias. El sentimiento precede al objeto y lo
envuelve, lo aurolea, lo sublima, lo mitifica.
Solo así se explica que la inmensa mayoría de las personas
intenten establecer, sobre una base casi siempre insuficiente, una clase de
relación que en el marco de nuestra cultura patriarcal es tan difícil como
traumática. Y además de ser una de las principales causas de sufrimiento, el
mito del amor es uno de los mayores obstáculos en nuestro camino hacia una
sociedad libre, puesto que exalta la dependencia y la posesividad hasta
extremos rayanos en el delirio (baste pensar en la ferocidad de los celos, el
implacable “monstruo de los ojos verdes” de Shakespeare). Cuando Marx dijo que
la religión es el opio de los pueblos, se olvidó de añadir que, de todas las
religiones, la más arraigada y peligrosa es el culto a Eros.
(Continuará)

alfonso javier monarrez rios dijo
lo felicito.
29 Septiembre 2007 | 04:06 PM